Durante años nos dijeron que la inteligencia artificial era el futuro. Ya no. La inteligencia artificial es el presente. Está escribiendo documentos, generando imágenes, programando, atendiendo clientes, analizando información, ayudando a tomar decisiones y entrando poco a poco en espacios donde antes solamente podía intervenir una persona.
Pero hay algo que me parece mucho más importante que preguntarnos si ChatGPT escribe mejor que nosotros, si una máquina puede dibujar o si algún día un robot podrá hacer nuestro trabajo. La verdadera pregunta es otra: ¿Quién está construyendo la inteligencia artificial y quién va a tener el poder de decidir cómo la utilizamos?
Porque detrás de esa pantalla aparentemente mágica hay algo bastante menos mágico: chips, centros de datos, electricidad, capital, infraestructura, científicos, empresas y gobiernos. Y ahí comienza la verdadera historia. La inteligencia artificial no vive en la nube.
Decimos que nuestros archivos están “en la nube”. Suena liviano. Casi como si la información flotara en algún lugar invisible. No es así.
La nube está hecha de edificios llenos de servidores. Esos servidores necesitan procesadores, sistemas de refrigeración, redes eléctricas y enormes cantidades de energía. La Agencia Internacional de Energía (IEA) calcula que la electricidad utilizada por los centros de datos fue de aproximadamente 485 teravatios-hora en 2025 y proyecta que podría acercarse a 950 TWh en 2030. Es decir, prácticamente duplicarse en cinco años. Los centros de datos dedicados a inteligencia artificial crecerían todavía más rápido.
Y aquí aparece una contradicción interesante. Mientras hacemos inteligencia artificial cada vez más eficiente, también estamos inventando aplicaciones que requieren cada vez más capacidad de procesamiento. Una consulta sencilla de texto puede consumir relativamente poca energía. Pero generar vídeo, ejecutar procesos complejos de razonamiento o utilizar agentes capaces de realizar múltiples tareas puede demandar muchísimo más. La propia IEA señala que algunos de estos usos pueden consumir cientos o incluso miles de veces más energía que una consulta sencilla de texto. Entonces la pregunta deja de ser solamente: “¿Qué tan inteligente será la IA?” Y empieza a ser: “¿Tenemos la infraestructura necesaria para sostener todo lo que queremos hacer con ella?”
La carrera no es solamente por tener el mejor algoritmo. Aquí es donde la conversación se vuelve geopolítica. Estados Unidos y China están compitiendo por una posición dominante en inteligencia artificial, y esa competencia no ocurre únicamente entre modelos. También ocurre en los semiconductores. Los chips avanzados son una pieza fundamental para entrenar y ejecutar modelos de IA. Por eso Estados Unidos ha establecido controles sobre la exportación de determinados semiconductores avanzados y equipos relacionados, especialmente respecto de China. Estas medidas han convertido los chips en una cuestión que ya no es solamente comercial: también forma parte de la política tecnológica y de seguridad nacional.
Y esto cambia la manera de mirar la tecnología. Un chip puede parecer un objeto pequeño. Pero detrás de él puede haber una disputa entre gobiernos, restricciones comerciales, cadenas de suministro, inversiones multimillonarias y decisiones estratégicas. El poder tecnológico empieza a parecerse cada vez más al poder geopolítico. El dinero detrás de la inteligencia artificial También existe otra parte de la historia que pocas veces aparece cuando hablamos de IA: el dinero. Según el AI Index 2026 de Stanford, la inversión privada estadounidense en inteligencia artificial llegó a US285.900millonesdurante2025,frenteaUS12.400 millones registrados en China bajo esa misma categoría de inversión privada. El informe advierte, sin embargo, que esa comparación no recoge necesariamente todo el gasto chino, debido al papel de los fondos y mecanismos de financiación respaldados por el Estado.
La cifra estadounidense es enorme. Pero quizá más importante que la cifra es lo que representa. La inteligencia artificial dejó de ser únicamente un proyecto de investigadores y universidades. Se convirtió en una carrera empresarial. Y cuando una tecnología mueve semejantes cantidades de dinero, también empieza a concentrar capacidad de decisión. La IEA señala que el gasto de capital de las grandes empresas tecnológicas superó los US$400.000 millones en 2025 y estima que podría aumentar otro 75% en 2026. Eso debería hacernos pensar. Porque una cosa es utilizar una herramienta de IA. Otra muy diferente es tener la capacidad financiera para construir los centros de datos, comprar los chips, contratar a los investigadores y desarrollar los modelos que millones de personas van a utilizar.
¿Y el trabajador? Aquí aparece uno de los temas que más miedo produce. El empleo. Pero creo que debemos tener cuidado con una frase que se repite demasiado: “La inteligencia artificial va a quitarle el trabajo a todo el mundo.” No sabemos eso. Y sería irresponsable afirmarlo como una certeza. Lo que sí sabemos es que la IA ya está modificando la manera en que se realizan muchas tareas.
El AI Index 2026 reporta que la adopción organizacional llegó al 88%, mientras que cuatro de cada cinco estudiantes universitarios utilizan IA generativa. También señala que el desempeño de los modelos ha avanzado rápidamente en áreas como programación, razonamiento multimodal y problemas científicos.
Entonces quizá la pregunta correcta no sea: “¿La IA va a reemplazarme?” Sino: “¿Qué parte de mi trabajo puede hacer una máquina y qué parte de mi trabajo sigue dependiendo de mi criterio?” Eso cambia completamente la conversación. Una persona que solamente sabe ejecutar una tarea repetitiva puede encontrarse con una tecnología capaz de hacerla más rápido. Pero una persona que sabe analizar, decidir, verificar, comunicarse, asumir responsabilidades y utilizar la tecnología puede encontrarse con una herramienta extraordinariamente poderosa. La diferencia puede estar menos en competir contra la máquina y más en aprender a trabajar con ella sin entregar nuestro criterio.
El problema no es que la IA sea inteligente El problema es que nosotros podemos dejar de pensar. Y aquí está, para mí, uno de los riesgos más silenciosos. Si una máquina escribe nuestros textos, ¿seguimos aprendiendo a escribir? Si una máquina resume los libros, ¿seguimos leyendo? Si una máquina decide qué información debemos ver, ¿seguimos formando nuestro propio criterio? Si una máquina responde cada pregunta inmediatamente, ¿seguimos teniendo paciencia para investigar?
La comodidad tiene un precio cuando empieza a reemplazar nuestras capacidades. No porque utilizar tecnología sea malo. Todo lo contrario. El problema aparece cuando confundimos ayuda con dependencia. Sam Altman, Yoshua Bengio y una discusión que ya llegó a Naciones Unidas No estamos hablando de un debate imaginario.
En septiembre de 2026, durante una sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dedicada a los riesgos de la inteligencia artificial, dirigentes de la industria y científicos discutieron precisamente la necesidad de establecer mecanismos de gobernanza frente al rápido desarrollo de esta tecnología.
Dario Amodei, CEO de Anthropic, sostuvo que una mala gestión de la IA podría representar un riesgo para la humanidad. Sam Altman, CEO de OpenAI, defendió la necesidad de cooperación internacional y de que las decisiones fundamentales sobre IA estén sometidas a procesos democráticos. El científico Yoshua Bengio también describió los riesgos asociados a sistemas cada vez más poderosos como reales e inmediatos.
Pero no existe consenso sobre cómo debe hacerse esa regulación.
Estados Unidos y China, por ejemplo, mantienen enfoques diferentes sobre la gobernanza de la inteligencia artificial. Mientras China ha desarrollado reglas específicas para algoritmos y contenidos generados por IA, funcionarios estadounidenses han defendido un enfoque menos centrado en una regulación global específica.
Y ahí aparece una pregunta que probablemente tendremos que discutir mucho durante los próximos años:
¿Quién debe poner las reglas de una tecnología que no pertenece a un solo país?
La IA también está creando una nueva división del mundo
El AI Index 2026 señala que Estados Unidos y China concentran gran parte de la capacidad de desarrollo de modelos avanzados, aunque la brecha de rendimiento entre ambos se ha reducido considerablemente. El informe también muestra que otros países están intentando desarrollar capacidades propias y que la llamada “soberanía de IA” se está convirtiendo en un elemento cada vez más importante de las políticas nacionales.
Esto debería preocuparnos en América Latina. No porque debamos entrar en una guerra tecnológica. Sino porque existe el riesgo de convertirnos simplemente en consumidores. Comprar la tecnología. Usarla. Pagar por ella. Depender de ella. Y dejar que otros países decidan cómo funciona. Mientras unos construyen los modelos, otros fabrican los chips y otros controlan la infraestructura, nosotros podemos terminar limitándonos a abrir una aplicación desde el celular y preguntar: “¿Qué puedo hacer con esto?” Quizás deberíamos empezar a preguntar: “¿Qué estamos construyendo nosotros?” El futuro no está escrito Hay algo que tampoco deberíamos olvidar. La inteligencia artificial no es una fuerza de la naturaleza. No apareció sola. La están construyendo personas. Empresas. Gobiernos. Investigadores. Inversionistas. Y nosotros también participamos en su dirección cada vez que decidimos qué herramientas utilizar, qué información entregar y qué límites estamos dispuestos a aceptar.
Por eso creo que la discusión sobre inteligencia artificial no debería quedarse en si una herramienta escribe mejor que nosotros o si puede generar una imagen en diez segundos. Eso es apenas la superficie. Debajo hay una discusión mucho más grande: energía, dinero, empleo, educación, privacidad, poder, seguridad y soberanía tecnológica.La inteligencia artificial puede ser una de las herramientas más importantes que hayamos creado. Pero una herramienta poderosa también puede concentrar poder en quienes controlan su infraestructura. Y esa es la conversación que deberíamos estar teniendo.No dentro de diez años.Ahora. Porque la revolución de la inteligencia artificial ya comenzó. La pregunta no es si vamos a formar parte de ella. La pregunta es:¿Vamos a ser quienes la construyen, quienes la entienden o simplemente quienes la consumen?Para seguir pensando Si mañana una inteligencia artificial pudiera hacer el 70% de las tareas que realizas en tu trabajo, ¿qué quedaría que solamente tú pudieras aportar? Tal vez esa pregunta diga mucho más sobre nuestro futuro laboral que cualquier predicción sobre robots.
Fuentes para profundizar
International Energy Agency (IEA), Key Questions on Energy and AI, 2026.
Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence, AI Index Report 2026.
Reuters, cobertura de la sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre inteligencia artificial, septiembre de 2026.
Reuters, análisis actualizado sobre controles de exportación de semiconductores avanzados y su relación con la infraestructura de IA, septiembre de 2026.
Dario Amodei, Sam Altman y Yoshua Bengio, intervenciones y posiciones públicas sobre gobernanza y riesgos de IA, reportadas durante la sesión de Naciones Unidas de septiembre de 2026.

